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Política “Anti-sistema”, por Antonio José Monagas


Chavez-Anti-sistema

La construcción de la teoría política ha sido el resultado de la movilización del hombre entre los avatares que tuvieron lugar a lo largo del crecimiento de la sociedad a la que suscribió sus esfuerzos y que facilitó su desarrollo en todos sus aspectos. De la conjugación de tales circunstancias, surgieron líneas de pensamiento que motivaron la expansión de criterios, axiomas, postulados, hipótesis y algoritmos, cuyos fundamentos teóricos validaron el establecimientos de consideraciones cuya fuerza conceptual apalancaron los fundamentos dialécticos para articular y estructurar los elementos teoréticos necesarios que le otorgaron cuerpo doctrinario a lo que luego se formalizó como ciencia política.

En su proceder metodológico y en el curso de los tiempos, fueron generándose distintos conceptos de “política”, que motivaron interpretaciones tan disímiles como lo posibilitó la diversidad de situaciones y caracterizaciones ocurridas históricamente a consecuencia de la dinámica económica y cultural que primó la presencia del hombre como adalid de logros. Pero también de derrotas en las que participó buscando ganar los espacios que sus intereses fueron determinando.

Lo que comenzó con los escarceos de Platón y luego de Aristóteles, seguidos posteriormente por los que expuso Nicolás Maquiavelo, Gianfranco Pasquino, Jean-Jacques Rousseau, Karl Marx, Max Weber, terminaron en buena medida con las contribuciones de Giovanni Sartori, Hannah Arendt y Norberto Bobbio. Aunque siempre hubo razones para demostrar que cada aporte traducía un esfuerzo de otear una realidad. Así se tiene que el concepto de política, resulta de la ideología a la cual se suscribe el pensamiento de quien se atreve a manifestarlo. Sin embargo, vale ensayar un concepto de política a modo de establecer una línea de partida que permita definir el contexto bajo el cual habrá de moverse la presente disertación. En consecuencia, por “política” pudiera entenderse la capacidad de una sociedad para movilizarse ajustada a las normas de convivencia pautadas por la concepción de un Estado. Así entonces, posibilitar decisiones convenientes a los intereses y necesidades que animan sus procesos de gestión en todas sus manifestaciones.

No obstante, los resultados que derivan del ejercicio del poder que dimana del hecho político-gubernamental, dan cuenta de situaciones que -generalmente- lucen reñidas dada las condiciones que induce una política escabrosamente comprendida y groseramente atendida. Ya sea en su concepción, como en su estructuración. Al final de todo ello, lo que de su praxis se espera, se convierte en un cuadro de reveses, reversiones y contradicciones. Así, las realidades se tornan conflictivas dado los excesos que en su predios ocurren a consecuencia de libertades equivocadamente implantadas, entendidas o concebidas.

El caso Venezuela, por ejemplo, es patético. Absolutamente vergonzoso. Peor aún, inaceptable e injustificable. Sobre todo, luego de que el país ha vivido capítulos propios de una historia de tragedias políticas, crisis sociales y aprietos económicos de craso impacto. Aunque nada parecido a lo que actualmente está padeciéndose. Precisamente, por causa de una política enteramente desviada de lo que debería lograrse desde fundamentos de política debidamente equilibrados. De manera que, a la vista de cualquier análisis político, por breve que sea, el comportamiento de quienes ejercen la política gubernamental, sin excluir a quienes hacen oposición política, es demostración del grado de descomposición que subsiste en Venezuela.

Desde las determinaciones más elementales en materia política, hasta las más trascendentes, resultan estropeadas en términos de sus propósitos más retóricos que otra cosa. Particularmente, al procederse entre las fatalidades que suscriben sus implicaciones. A lo interno de ámbitos colegiados gubernamentales, tanto como de cenáculos agrupados en torno a clamores políticos, la degradación es profundamente devastadora. Y todo ello sucede, avivado por intereses furtivos, apetencias o negocios sigilosos. Además, de total ilegalidad. Amparado por la impunidad de conciliábulos marcados por la corrupción, la impudicia, la complicidad, el contubernio, la confabulación y la conchupancia. O favorecido por la pérdida de valores morales, por el paroxismo de la crisis política imperante, o por el descarrío de doctrinas y paradigmas supuestamente dirigidos a afianzar la democracia como sistema político.

En Venezuela las realidades se volvieron tan confusas, que derivaron nuevos problemas que enrarecieron gruesamente el ambiente en el que hoy confluyen contrariedades, arbitrariedades y adversidades. De tan bochornoso escenario, ni siquiera escaparon instituciones que deberían ser referentes de disposición, orden y emprendimiento como las Fuerzas Armadas, corporaciones de desarrollo y movilización social, y organismos de responsabilidad nacional y regional. Estas instituciones lucen viciadas por el asedio de conductas deshonrosas: el sectarismo, el resentimiento, el egoísmo, el revanchismo, la competitividad mal concebida, el odio y la envidia.

Al final, resulta lugar común de traidores, delincuentes, manipuladores, violentos, sumisos y aduladores, todos enfermos de animadversión, o de la soberbia propia de quien pretende manejar cuotas de poder de modo descarriado y egoístamente. Todo funciona según el aforismo: “cada quien con cada cual”. O impulsado por la improvisación o el capricho, entendidos como criterio de perversa banalización.

Porque no luce correcto, ni tampoco ajustado a derecho alguno, los hechos que han caracterizado al gobierno venezolano toda vez que ha ordenado medidas tan abruptas como el descarrilamiento de la moneda nacional. O porque ha actuado descaradamente al margen de preceptos constitucionales como el que pauta aquello de la separación de los poderes públicos. En medio de tan desastroso círculo vicioso, el país político se ha visto acorralado por los peores defectos que una política equivocada y capciosa, puede enarbolar. Incluso, en nombre del mismo Simón Bolívar pues de su manoseada referencia, el alto gobierno se ha valido para conmover. Y así, actuar a su entera disposición con la única intención de enquistarse en el poder por el poder.

En consecuencia, de tan contrariadas y cuestionadas realidades ha germinado un estilo de hacer política, contrapuesto a lo que la teoría política explicita cuando refiere su amplitud como fuente de acciones que favorecen decisiones de construcción ciudadana. La gubernamental venezolana, es una política que riñe con la consecución de un sistema político anclado sobre la democracia en su exacta concepción. Es una política que sólo ha respondido a lo más visceral de sus dirigentes. De tal manera que podría decirse, que es una política “anti-sistema”.

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